SEMINARIO DE LOS VIERNES FILOSÓFICOS
“FILOSOFÍA, CIENCIA Y SOCIEDAD DESPUES DE DARWIN”
Discurso de Apertura
LA FIESTA DE DARWIN
Por Álvaro Revolledo Novoa
Este año 2009 coincide una doble celebración para el mundo de la ciencia: el bicentenario del nacimiento de Darwin y el sesquicentenario de la publicación de su obra más conocida “El origen de las especies”. Desde ese espíritu, y con el ánimo de conversar y compartir nuestras diversas impresiones a propósito de esta celebración, la Escuela y el Departamento de Filosofía han organizado el presente ciclo de conferencias titulado “Filosofía, ciencia y sociedad después de Darwin” invitando a un grupo de profesores y amigos que nos presentarán durante las siguientes semanas algunos de sus puntos de vista sobre por qué sigue siendo importante leer a Darwin hoy.
Para retratar a Darwin, una idea sencilla pero atinada es la de caracterizarlo como un “naturalista curioso”. Nacido en el seno de una familia acomodada y distinguida hacia el 12 de febrero de 1809, Charles Robert Darwin se vería orientado, como parte de una tradición familiar regida por su abuelo y su padre, hacia la medicina, la misma que empezó a estudiar en Edimburgo a los dieciséis años y abandonó poco después.
Tras este episodio, viajó a Cambridge donde realizó estudios de teología, pero en particular se vio interesado, gracias a sus profesores y amigos, por la botánica, la zoología y la geología. Al licenciarse, por una recomendación de su profesor de botánica, tutor y amigo, el reverendo John Stevens Henslow, por quien Darwin sintió una gran admiración, tuvo la oportunidad de formar parte de la tripulación del Beagle en un viaje alrededor del mundo. Darwin tenía veintidós años cuando el Beagle zarpó de Davenport, el 27 de diciembre de 1831, en una aventura científica que duró cinco años.
La tarea de Darwin como naturalista durante el viaje fue la de observar y coleccionar especies de plantas y animales encontrados en las tierras visitadas. Conocía muy bien las técnicas para disecar aves y coleccionar fósiles. Este era el terreno en el que más se destacaba, el trabajo de campo. Pero más allá de la mera colección de nuevos datos, que evidenciaban sus dotes para la observación acuciosa, Darwin también se caracterizó, como explica el biólogo español Faustino Cordón, por su “imaginación creadora”, por “su capacidad de idear hipótesis de trabajo a veces muy audaces pero siempre con una firme base objetiva”. Este rasgo es particularmente importante, pues nos indican que, en general, las observaciones científicas requieren de un anclaje teórico, de un marco desde el cual se organice la información para ser interpretada correctamente. Es así que Darwin, al concebir las primeras formas de su explicación del cambio de las especies por el mecanismo de la selección natural de los más aptos, escribió en su diario: “¡por fin tengo una teoría desde donde observar¡”
Al regresar a Inglaterra, Darwin tardó más de veinte años en organizar su obra monumental, y sólo se decidió a publicarla por la presión mediática que significó la investigación de Alfred Russell Wallace, quien sostenía una teoría muy parecida a la del propio Darwin. En 1859 se publica, en un número de 1 250 ejemplares, la primera edición de Sobre el origen de las especies a través de la selección natural o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida.
Desde entonces, no han faltado los debates y las polémicas en torno a las teorías planteadas por Darwin y las consecuencias que de ellas se desprenden. Por ello, más allá de aceptar a pie juntillas las palabras de Darwin, lo que de seguro él mismo no habría recomendado ni estaríamos en condiciones de hacer, lo que nos queda a nosotros es estudiar el impacto de su obra tanto en el ámbito científico como en el plano social.
Son éstas las consideraciones que podrían llevarnos a sugerir que la historia de la humanidad se divide en dos momentos: antes y después de Darwin. En esa línea de estimación de la obra de Darwin, el etólogo británico Richard Dawkins escribe: “Darwin nos capacitó para dar una respuesta sensata al niño curioso (…) Ya no tenemos necesidad de recurrir a la superstición cuando nos vemos enfrentados a problemas profundos tales como: ¿Existe un significado de la vida? ¿Por qué razón existimos?, ¿Qué es el hombre?”. Para Dawkins, la importancia de Darwin traspasa las fronteras del discurso científico, y se compenetra muy bien con cuestiones de índole filosófico y humano, no obstante que: “La filosofía y las materias conocidas como “humanidades” todavía son enseñadas como si Darwin nunca hubiese existido” (El gen egoísta, pp. 1-2)
Nuestro evento, incluido en la lista de las actividades del Darwin online, que reúne la agenda de exposiciones y conferencias en homenaje a Darwin en todo el mundo, es una oportunidad para que, a través del legado del naturalista inglés, podamos discutir nuestra propia condición humana.
Así como les debemos, en particular, una admiración personal a figuras descollantes del genio humano como Aristóteles y Newton, nuestra pequeña y selectiva lista estaría incompleta sin Darwin, a cuya inquietud científica incansable se debe la aparición de nuevas disciplinas, como la ecología y la etología.
Finalmente, dicha admiración hacia Darwin puede quedar muy bien expresada en las palabras de Sir Julian Huxley: “lo que más llama la atención de Darwin es su pasión por la verdad (…) Demostró que la curiosidad y la iniciativa, la honradez meticulosa y la amplitud de miras son más que suficientes para triunfar, y un requisito esencial para la conquista de nuevos horizontes” (Darwin, p. 195)
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